En “La Promessa”, la justicia nunca deja de arder, aunque a veces tarde en iluminar la oscuridad. En los próximos episodios, esa llama finalmente consumirá cada secreto, dejando al descubierto lo inimaginable: la verdad detrás de la muerte de Jana. Lo que parecía un misterio enterrado bajo capas de silencio y amenazas, se convierte en una revelación que sacudirá para siempre los cimientos de la familia Luján y de toda la finca.
Durante meses, Curro ha vivido atrapado entre el dolor y la necesidad de saber qué ocurrió realmente con Jana. La sospecha de que Lorenzo estaba implicado lo perseguía como una sombra, pero sin pruebas, todo se reducía a un tormento interno. La voz de su propia conciencia le repetía que no debía arriesgarlo todo, pero el deseo de justicia pesaba más que cualquier advertencia.
El primer gran giro llega cuando Curro se arma de valor y decide confrontar a Leocadia, la madre de Ángela. La mujer, habitualmente rígida y distante, guarda un secreto que se convierte en la llave de la verdad. Frente a sus preguntas, primero titubea, luego palidece y, finalmente, confiesa lo que nunca se atrevió a revelar: el capitán Lorenzo, días después de la tragedia de Jana, le entregó una caja misteriosa ordenándole que la arrojara al río. Era un encargo peligroso, acompañado de amenazas. Pero Leocadia, vencida por el miedo y la intuición de que aquello era demasiado grave para destruirlo, optó por esconderla bajo el viejo roble cercano al puente.
Esa noche, bajo una tormenta que refleja el caos en el corazón de los protagonistas, Curro, Manuel y Abel cavan en la tierra húmeda. Sus manos encuentran la caja de metal, y al abrirla descubren la prueba definitiva: el alfiler de corbata con un zafiro que pertenecía a Lorenzo y, junto a él, un trozo de tela desgarrada del uniforme de Jana. Ya no quedan dudas. El forcejeo entre Lorenzo y la muchacha fue real, y esas evidencias lo conectan de forma directa con su asesinato.
La rabia de Curro es tan intensa que por un instante piensa en vengarse con sus propias manos. Sin embargo, Manuel y Abel lo detienen, recordándole que la justicia debe prevalecer sobre la venganza. Deciden tender una trampa y usar al propio marqués, Alonso, como cebo. Manuel enfrenta a su padre en la biblioteca, exigiéndole respuestas sobre fraudes pasados y la muerte de Jana. El marqués, roto por la presión, confiesa su papel en antiguos engaños financieros, pero asegura no haber sabido nada del asesinato. Justo en ese momento aparece Lorenzo, convencido de que puede controlar la situación. Pero su soberbia se estrella contra la determinación de Curro, quien le muestra la prueba: el alfiler con el trozo de tela de Jana.
La reacción de Lorenzo es inmediata. Su sonrisa se congela y su máscara de seguridad se derrumba. Entre carcajadas nerviosas y un arranque de furia, termina confesando lo impensable: Jana descubrió documentos comprometidos y se convirtió en una amenaza para los Luján. Al igual que con Mateo años atrás, Lorenzo decidió eliminarla, convencido de que todo era un sacrificio necesario por “un bien mayor”. Pero ese discurso, cargado de cinismo, se estrella cuando Abel entra acompañado de la Guardia Civil. La trampa ha dado resultado.
La tensión alcanza su punto máximo cuando Lorenzo, acorralado, toma un abrecartas e intenta acabar con Curro. En un instante desesperado, Manuel se interpone, recibiendo una herida en el brazo que, aunque superficial, demuestra hasta dónde estaba dispuesto a llegar Lorenzo para silenciar a su propio hijo. Finalmente, los guardias lo reducen y lo apresan ante la mirada devastada del marqués, que comprende que su familia y su legado han quedado destruidos para siempre.
Lo que sigue es una tormenta social y judicial. Los escándalos de la Promessa se esparcen como pólvora. Lorenzo es juzgado y condenado por los asesinatos de Jana y de Mateo, mientras que el marqués paga su complicidad en los fraudes y en el encubrimiento. La finca, antes símbolo de poder, queda marcada por la vergüenza y el crimen.
Para Curro, sin embargo, la caída de Lorenzo no es motivo de celebración, sino de alivio. La sed de venganza que lo consumió durante tanto tiempo desaparece, reemplazada por una sensación de paz inesperada. Visita la tumba de Jana, y allí, bajo el sol cálido, comprende que no necesita hablar de odio ni de justicia: solo de calma y gratitud. Por fin puede susurrarle: “Lo conseguimos, Jana. Ahora puedes descansar. Y yo también”.

De regreso al palacio, encuentra a Ángela, cuya presencia es la promesa de un nuevo comienzo. Ya no son el señorito y la criada atrapados en un amor imposible. La verdad y la caída de los Luján han borrado esas barreras. Ahora son simplemente dos almas que, tras atravesar la oscuridad, eligen caminar juntas hacia la luz. Deciden marcharse, dejar atrás la Promessa y sus fantasmas, para empezar una nueva vida lejos de allí, quizá en Córdoba, la tierra de Jana, honrando su memoria con amor y no con tristeza.
En una de las escenas finales, Curro se detiene frente a un espejo. Ya no es el muchacho ingenuo ni el vengador cegado por el odio. Es un hombre marcado por cicatrices que no duelen, sino que cuentan la historia de un viaje hacia la esperanza. Ángela aparece a su lado y le pregunta: “¿Estás listo?”. Él ya no mira al espejo, sino directamente a ella, y en su mirada encuentra el futuro. “Más que nunca”, responde. Juntos salen del palacio, dejando atrás las sombras para caminar hacia un horizonte nuevo.
Así, el final de la historia de Jana se convierte en el inicio de otra promesa: no la de muerte ni venganza, sino la de vida, amor y libertad.